Algunos líderes religiosos tiene la idea de que solamente algunas personas tienen el derecho de leer y orar a Dios para entender lo que Dios les dice a través de la Biblia. Por esta razón en algunas Iglesias la Biblia fue mantenida sin traducir al idioma que hablaba el pueblo durante siglos. De esta manera líderes religiosos podían decir representar a Cristo y enseñar la verdad a la gente sin que la gente evaluara por sí misma. Tal como le dijo Jesús a los Fariseos, le podemos decir a tales líderes: “Hipócritas! Porque ustedes cierran la puerta al Reino de los cielos a los hombres; porque ni entran ni dejan entrar a los que quieren”. (Mateo 23:13)
Nosotros no necesitamos tener una interpretación perfecta de todas las coas de la Biblia para que Dios nos hable a través de ella. Aquellos que quieren hacer la voluntad de Dios serán guiados hacia toda verdad (Juan 7:17), paso a paso. Nosotros tenemos la orden de ser llenos de la palabra de Dios, y debemos comenzar. “Deja que la Palabra de Cristo viva en ti abundantemente” (Colosenses 3:16).
Todos los que quieran ser discípulos de Jesús (verdaderos cristianos- ver Hechos 11:26) deben mantenerse fieles a su palabra. “Si ustedes se mantienen fieles a mi palabra serán de veras mis discípulos” (Juan 8:30-32; Juan 15-7; Juan 14:21-23). Los verdaderos creyentes deben saber en qué creen y en quién. No es una cuestión de creer que Jesús existió y que de alguna manera es nuestro Salvador.
Los líderes religiosos que dicen no leer la Biblia desobedecen a Jesús. Ellos no pueden mostrar que ellos mismos enseñan toda la palabra de Dios. Las personas de buen corazón estudian las Escrituras para ver si es cierto lo que los hombres les enseñan – incluso si es un apóstol- (leer Hechos 17:11).
El Espíritu Santo creó las Escritures, no la Iglesia (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20). En el cuarto siglo después de Cristo simplemente se ratificó lo que el Espíritu Santo ya había escrito. La Iglesia no tiene el derecho de modificar las enseñanzas eternas de Jesús. Dios ha exaltado su Nombre y su Palabra sobre todas las cosas (Salmos 138.2). Esto quiere decir que la Palabra es la autoridad final – no las tradiciones de las Iglesias. Las tradiciones pueden ser buenas solamente si no contradicen la Biblia, y cuando no buscan reemplazar la necesidad de una relación personal y dinámica con Dios.
Las Escrituras nunca son suprimidas por las tradiciones de los hombres (Mateo 15: 1-9; Marcos 7:8-13). Jesús condenó a todos aquellos que ponen sus propias tradiciones antes que la Palabra de Dios. Estamos obligados a probar todas las cosas. (1 Tesalonicenses 5:21). ¿Como? Con los estándares de la Palabra de Dios, las Escrituras. “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no tienen luz” (Isaías 8: 20).
Todos los lideres de la iglesia y aquéllos que dicen ser cristianos que rechazan las palabras de Cristo serán juzgados en aquel día de acuerdo a las Palabras pronunciadas por Cristo registradas en las Escritures (Juan 12:48).
Dios revela la verdad acerca de la doctrina a aquellos que quieren hacer su voluntad. (Juan 7.17). Nosotros no podemos confiar en la interpretación que dan a la Biblia aquellos que deliberada y consistentemente desobedecen la Palabra de Dios. Estas personas no tienen el Espíritu Santo. Son ciegos que guían otros ciegos.
Entonces, todo el que quiera seguir a Cristo debe buscar diligentemente el conocimiento de primera mano en las Escrituras. La pereza e indiferencia no son excusas. El asunto es urgente. ¡Nuestra respuesta a la palabra de Dios tiene consecuencias eternas y debe ser atendida ahora mismo!
Principios para la interpretación de las Escrituras.
Las sagradas escrituras son consistentes consigo mismas al ser la Palabra de Dios – Las Escrituras interpretan las Escrituras (2 Pedro 1: 21; Salmos 12. 6-7). No podemos construir una doctrina basada solamente en un verso sacado fuera de su contexto. Este principio nos da una salvaguardia muy importante contra falsas interpretaciones y doctrinas. De modo que debemos conocer bien las Escrituras.
El Espírito Santo, el autor, es el intérprete último. Ningún hombre puede decir que siempre esta en lo cierto respecto a las Escrituras y su aplicación simplemente porque alegue una posición de autoridad religiosa. Inclusive Pedro el apóstol estaba a veces equivocado y tuvo que ser corregido. Ver Gálatas 2: 11-14.
El Espírito Santo nunca se contradice. Así que si parece que la interpretación de las Escrituras contradice otra parte de las Escrituras, tomado en el contexto de toda la Biblia, no puede ser correcto.
Jesús dijo que el Espírito Santo nos guiaría a toda verdad (Juan 16.13). Por esto, debemos pedir al Espírito Santo guiarnos en nuestra búsqueda de la verdad en la Biblia, sin temor. El Espíritu Santo es dado a aquellos que obedecen a Dios (Hechos 5.32). Busquemos entonces complacer a Dios creyendo y actuando de acuerdo a lo que El ya nos ha revelado a través de la Biblia en nuestras conciencias.
Daniel estudió los escrituras de Jeremías para entenderlo (Daniel 9:2). De este mismo modo a nosotros también se nos ordena estudiarlas (2 Timoteo 2:15). Nosotros debemos pedir sabiduría a Dios para estudiar las Escrituras (Santiago 1.5). Dios nos promete darnos la sabiduría que necesitamos.
Cada uno debe estar totalmente convencido en su propia mente acerca de aspectos de importancia (Romanos 14:5). Mucho estudio, oración y escucha a hombres de Dios nos ayuda a conocer la verdad. Nosotros no podemos permitir dejarnos llenar de dudas acerca de aspectos de gran importancia, como nuestra salvación.
El concepto de verdad presente (2 Pedro 1.12) nos muestra que la iglesia puede crecer en su entendimiento y aplicación de las Escrituras a medida que la historia progresa. Por eso no debemos rechazar una interpretación sólo porque nadie la ha predicado antes durante los pasados siglos. Una pregunta de mayor importancia sería si hay evidencia de que los apóstoles pudieron haber aceptado dicha interpretación.
Dios juzga de acuerdo a la luz que tengamos, o la luz que digamos tener (Juan 9: 41; Romanos 2: 11-16). Esto quiere decir que es más importante subordinarnos a lo que entendemos que Dios quiere, que comprender todos los aspectos más detallados sobre los cuales los hombres discuten.
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